Reseña de Alegría para el tiempo y para la eternidad de Gabriel Richi
Gabriel Richi Alberti, Alegría para el tiempo y para la eternidad. El horizonte infinito del amor, Madrid: Didaskalos, 2024, 89 pp., 15 × 21, ISBN 978-84-19431-47-9.
Gracias a una nutrida y creciente producción bibliográfica, en la que se entrelazan abundantes artículos con enjudiosos volúmenes, Don Gabriel va consolidándose como uno de los profesores más serios del panorama teológico español, en concreto como especialista en temas de eclesiología y hermenéutica del Concilio Vaticano II. Richi es un erudito investigador con años de experiencia docente y responsabilidades en la Universidad Eclesiástica San Dámaso de Madrid, habiendo colaborado también en diversas iniciativas académicas de hondo calado y en programas pastorales de largo alcance evangelizador. En esta ocasión, sin embargo, nos regala un libro que es de otro tipo. En parte, son páginas «que tienen su origen remoto en una tanda de ejercicios espirituales para novios predicada en el Patriarcado de Venecia» (p. 9). En esencia, esta obra es una valiosa ayuda para los novios en su descubrimiento del camino hacia el matrimonio. La monografía se basa en un singular comentario y una particular actualización de las cartas que León Bloy, «un cristiano inconformista, radical, amigo intransigente de sus amigos» (p. 12), escribió a su novia, Jeanne, que después sería su mujer, entre 1889 y 1890. Las cartas fueron recopiladas y publicadas por ella tras la muerte de León Bloy que ocurrió en 1917. Así, este volumen asume, desde el principio, la importancia del “testigo”, el carácter decisivo de una aserción que es siempre medular en la transmisión de la fe cristiana, pero también en el desvelamiento del amor esponsal. El autor, tras una «Invitación a la lectura » (pp. 7-10), en un primer capítulo, «Alegría para el tiempo y para la eternidad » (pp. 11-17), compendia la belleza del matrimonio en la experiencia de unidad entre amor a Dios y amor al cónyuge. En estas páginas inaugurales se habla de la “meta” del matrimonio que resplandece como una experiencia de totalidad para siempre. El segundo capítulo aparece bajo el título «Enamorarse» (pp. 19-27) y se detiene precisamente en esa experiencia inicial en todo noviazgo. Se estructura en tres partes: “aparición” (porque todo enamoramiento comienza así, por la desvelación y la fascinación), «un juicio de valor» (porque enseguida acontece una novedad que abre de par en par a los protagonistas) y, por último, «el comienzo de un trabajo», porque «hace falta un camino de verificación » en esta experiencia; un camino «para que llegue a ser verdadero (verificación: verum facere), para que la atracción y la fascinación iniciales se conviertan en ayuda y vía hacia el cumplimiento de mi persona, hacia el desplegarse del designio de Dios» (p. 26). Viene, a continuación, un capítulo titulado «Amar según el designio de Dios» (pp. 29-37). Son reflexiones muy centradas en la figura de San José (y naturalmente de la Virgen María) como modelo de obediencia amorosa a la voluntad de Dios en su vocación esponsal. Sigue otra sección, «Aquel que puede cumplir el corazón del hombre» (pp. 29-49), en la que, tras haber bosquejado la vocación de San José, el autor nos introduce en el misterio de Cristo. ¿Cuál era la pretensión de Jesús?, ¿qué dijo sobre el designio de Dios para el hombre y la mujer?, ¿cuáles son los rasgos del amor que nos desveló su vida? Estas son algunas de las preguntas que afronta aquí el profesor Richi. «Vivir en la verdad» (pp. 51-66) es el título del quinto capítulo, referido a la obediencia, la castidad y el perdón. Son elementos sustanciales para acertar en el seguimiento de Jesús; dimensiones esenciales para los novios que se preparan al sacramento del amor. El siguiente capítulo, «La morada del amor» (pp. 67-77), versa sobre el hogar que preparan los novios. ¿Cuál es la casa del amor, la morada en la que puede crecer y llegar a ser madura la familia? Richi indica la casa, pero sobre todo la comunidad cristiana como aquella morada en la que el amor puede crecer hasta llegar a la medida del Corazón de Cristo. Es importante al respecto no olvidar que la familia es Iglesia doméstica. La Iglesia custodia el amor haciéndolo crecer en el horizonte del testimonio. Es un capítulo, como los demás, impregnado por el espíritu evangélico, pero aquí también muy abierto a la vivencia de los primeros cristianos tal y como la describe el libro de los Hechos de los Apóstoles (cfr. 2,42-47).
«El horizonte del amor» (pp. 79-89) es el título del último capítulo del libro, que pretende hacernos volver a la fuente del amor, al amor de Cristo por su Iglesia, al significado que tiene esto para el amor entre los esposos y su modo de vivirlo en tesitura familiar. En definitiva, con una prosa limpia y esmerada, don Gabriel Richi nos acerca en este conciso y pulcro estudio al misterio del matrimonio, presentado como horizonte para quienes emprenden el camino del noviazgo. Un horizonte infinito, por eso merece la pena casarse. El autor hilvana con sabiduría consideraciones evangélicas, colmadas de referencias a las Escrituras, que frecuentemente adoptan la modalidad de un comentario de los textos bíblicos. Esto es importante y de gran ayuda, porque así Richi nos muestra que en el camino del noviazgo el consejo se vuelve fecundo y atinado por el contacto con la Palabra de Dios. Pero, al mismo tiempo, individuamos observaciones ancladas en la realidad, cercanas y accesibles. No son para nada superficiales, pues están radicadas igualmente en una exuberante riqueza teológica. Y esto es asimismo de agradecer, porque con frecuencia estos libros de «caminos para novios» se transforman en moralina, en simple autoayuda psicológica o en una mera terapia emocional. Esta obra, por el contrario, usa la perspectiva teológica como certera brújula para el camino de preparación al matrimonio. Podemos, ciertamente, recomendar estas enjundiosas meditaciones del profesor Richi, no solo a los novios, sino a toda persona que quiera indagar en el misterio del amor humano entre el hombre y la mujer, tal y como se nos ha revelado en la palabra y obra de Jesucristo.
Fernando Chica Arellano
Città del Vaticano