Fusilados que sobrevivieron y redes clandestinas: historias olvidadas de la persecución española
La inquina contra la fe se cobró la vida de numerosos religiosos y laicos cristianos en España durante la década de 1930 y dio origen a una de las páginas más estudiadas de la historia contemporánea de la Iglesia.
Pero la memoria de aquella persecución religiosa se ha construido, sobre todo, a partir del recuerdo de los mártires, dejando en un segundo plano a quienes también padecieron la brutalidad, sin alcanzar la palma del martirio.
El libro Los mártires que no fueron. Salvados, clandestinos, refugiados, evadidos y muertos de la persecución religiosa en España (1936-1939), publicado por la Editorial Didaskalos, rescata de la penumbra las historias de los que sobrevivieron a las convulsiones del fuego de la persecución de aquellos años.
Mártires frustrados
Por las manos de su autor, el sacerdote y teólogo Melchor Sánchez de Toca Alameda, relator en el Dicasterio para las Causas de los Santos, han pasado numerosas causas de martirio relacionadas con la persecución religiosa de los años treinta del siglo XX. Y de ahí “surgió la idea de ir recopilando algunas de estas vidas”, señala.
“Los que pasaron por la persecución y no murieron en ella, o bien murieron en ese período pero sin la gracia del martirio, habían quedado un poco en penumbra”, señala Sánchez de Toca en conversación con ACI Prensa.
El libro reúne un amplio mosaico de historias de hombres y mujeres que atravesaron la misma prueba que los mártires, pero cuyo destino fue diferente.

Algunos escaparon de la muerte por circunstancias inesperadas; otros vivieron ocultos durante años, sosteniendo una Iglesia obligada a la clandestinidad; otros lograron huir de las zonas más peligrosas; y algunos fallecieron durante la guerra sin que su muerte pudiera ser considerada martirio.
“No todos los santos que pasan por una persecución religiosa alcanzan la palma del martirio muriendo en ella, ni todos los que mueren en ella son mártires”, explica Sánchez de Toca.
Sin pretender elaborar un catálogo exhaustivo, el autor selecciona un conjunto de figuras que hoy han sido canonizadas o se encuentran en proceso de beatificación y que ofrecen una perspectiva distinta sobre aquellos años dramáticos.
Los santos que sobrevivieron
Entre las figuras retratadas aparecen nombres ampliamente conocidos, como Santa Maravillas de Jesús, San Josemaría Escrivá de Balaguer, el Beato Álvaro del Portillo, el Venerable José María García Lahiguera, el Beato Pere Tarrés, Isidoro Zorzano o la Sierva de Dios Carmen Hidalgo, cofundadora de las Oblatas de Cristo Sacerdote.
Junto a ellos desfilan personajes menos conocidos cuya vida también quedó marcada por la persecución, como Ismael de Tomelloso, llamado también “el miliciano santo”; Antonio Rivera, llamado “el ángel del Alcázar”; o el jesuita Fernando Huidobro, capellán de la Legión.
Precisamente estos tres casos despertaron el interés inicial del autor. Aunque todos sufrieron las consecuencias de la guerra y dos de ellos murieron a causa de heridas o en el frente, ninguno puede ser considerado mártir en sentido estricto.

“Hubo intentos de presentarlos como mártires, especialmente durante la posguerra por parte de la propaganda del franquismo”, explica Sánchez de Toca. Incluso añadían el epíteto, muy en boga en aquellos años, “caídos por Dios y por España”. Sin embargo, añade el autor, las circunstancias de sus muertes no responden a los criterios que la Iglesia exige para reconocer el martirio.
La Iglesia clandestina
Uno de los aspectos más originales del libro es la reconstrucción de la vida cotidiana de los católicos que permanecieron en la zona republicana y tuvieron que practicar su fe de manera clandestina.
El capítulo dedicado a los “clandestinos y la retaguardia orante” recoge las peripecias de hombres y mujeres valientes que organizaron auténticas redes clandestinas para asistir a sacerdotes escondidos, así como para facilitar la celebración de los sacramentos y mantener viva la práctica religiosa.
“Crearon unas redes de asistencia que nada tienen que envidiar a las mejores novelas de espías”, detalla Sánchez de Toca.
Son Isidoro Zorzano, el Venerable José María García Lahiguera y la Madre Carmen Hidalgo, cofundadora junto con don José María de las Oblatas de Cristo Sacerdote, organizaron una red de asistencia económica para los sacerdotes que habían logrado sobrevivir: “Les proporcionaban la materia para poder celebrar la Misa y a su vez redistribuían la comunión, llevándola a las casas con agentes clandestinos”.
Cruzar el frente para seguir viviendo
Otro de los capítulos aborda la historia de quienes lograron cruzar la línea del frente mediante operaciones extremadamente arriesgadas. Desfilan en las páginas de este capítulo el Beato Álvaro del Portillo, que se pasó por el frente, el Siervo de Dios Tomás Alvira, que acompañó a San José María Escrivá en su paso por los Pirineos, y la Venerable Sor Justa Domínguez de Vidaurreta, la superiora de las Hijas de la Caridad que después de no pocas peripecias pudo salir de Madrid e instalarse en Pamplona.
El peso de haber sobrevivido
Una de las cuestiones que más llamaban la atención al autor era el llamado “síndrome del superviviente”, un fenómeno ampliamente estudiado por la psicología y que afectó a muchos de quienes lograron salvarse de la persecución.
Aunque por motivos editoriales lo tuvo que suprimir, el capítulo estaba dedicado precisamente a esta cuestión. Muchos tuvieron que convivir durante el resto de sus vidas con una pregunta inquietante: por qué ellos se habían salvado mientras tantos compañeros habían sido asesinados.
“No siempre es fácil responder a la pregunta: ¿por qué el Señor no me quiso mártir cuando efectivamente a muchos de sus compañeros los mataron?”, señala.
Salvados en el último instante
Los pasajes más trepidantes del libro corresponden a los relatos de personas que escaparon de una muerte aparentemente segura. Uno de los más impactantes es el testimonio de un agustino encarcelado en Madrid durante la persecución.
Según relata Sánchez de Toca, se encontraba ya con las manos atadas y preparado para ser trasladado a Paracuellos cuando un desconocido cortó las cuerdas que lo sujetaban y le susurró al oído: “Date la vuelta y vete a tu celda. No mires para atrás”.
El religioso obedeció mecánicamente y consiguió salvar la vida.“Se volvió a la celda y comenzó a temblar y convulsionar por el shock post-traumático de tal manera que varios compañeros tuvieron que sujetarlo”, relata Sánchez de Toca.
Otros se salvaron por errores en las listas de presos o por intervenciones inesperadas de personas anónimas. En muchos casos, los supervivientes interpretaron estos hechos como manifestaciones de la providencia divina y vivieron el resto de su vida preguntándose por qué habían sido ellos los elegidos para sobrevivir.
El autor no oculta los crímenes cometidos por el ejército nacional, como se ve en las intervenciones del P. Huidobro, que denunció ante el cuartel general de Franco las ejecuciones sumarias de prisioneros.
Una lección para el presente
Más allá de su valor histórico, el relator del Dicasterio para las Causas de los Santos considera que estas biografías contienen enseñanzas particularmente relevantes para los cristianos de hoy.
“Todos vivían con una clara vocación martirial”, afirma.
Según explica, el martirio formaba parte del horizonte espiritual de muchos católicos españoles mucho antes del estallido de la Guerra Civil. “Así se refleja en sus cartas, homilías y conversaciones, como expresión de la disposición a dar la vida por Cristo si fuera necesario”, asegura Sánchez de Toca.
Al mismo tiempo, destaca la extraordinaria creatividad apostólica que demostraron en circunstancias extremas. “Esto es otra lección permanente también para nuestro tiempo. El Espíritu Santo suscita la creatividad apostólica en las circunstancias en que vive cada uno”, concluye.